Ginebra fue testigo ayer de un momento que los historiadores podrán situar como punto de inflexión en la respuesta de la humanidad al cambio climático. Representantes de 190 países firmaron el Acuerdo de Ginebra sobre Emergencia Climática, un tratado vinculante que fija el año 2045 como fecha límite para alcanzar la neutralidad de carbono a escala global y establece, por primera vez, consecuencias comerciales concretas para quienes lo incumplan.
La sesión plenaria, que estaba prevista para las once de la mañana, comenzó con casi cuatro horas de retraso tras una noche de negociaciones que se prolongó hasta el amanecer. El delegado de la Unión Europea, visiblemente agotado pero satisfecho, fue el encargado de presentar el texto final: 78 artículos, tres anexos técnicos y un mecanismo de revisión cada cinco años.
Los tres pilares del acuerdo
Primero: la hoja de ruta climática. Los países firmantes se comprometen a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero al menos un 45% respecto a los niveles de 2019 antes de 2035, y a alcanzar la neutralidad de carbono en 2045. Para los países en desarrollo, el plazo se amplía hasta 2050, y se contempla un fondo de 500.000 millones de dólares anuales para financiar su transición energética.
Segundo: el mecanismo de cumplimiento. Es la novedad más significativa y la que más resistencia generó durante las negociaciones. Los países que no presenten planes creíbles de descarbonización antes de 2027 enfrentarán aranceles específicos en el comercio con los estados cumplidores. Es la primera vez que un tratado climático incluye consecuencias comerciales directas.
Tercero: el fondo de pérdidas y daños. Los países más vulnerables —especialmente los estados insulares del Pacífico y las naciones africanas de baja renta— recibirán compensaciones directas por los daños climáticos ya irreversibles. El fondo inicial es de 100.000 millones de dólares, con revisiones al alza cada cinco años.
Las ausencias que empañan el acuerdo
El entusiasmo de la sala principal contrastaba con las críticas que llegaban desde fuera del edificio. Tres potencias emisoras relevantes no firmaron el texto final: Rusia, que abandonó las negociaciones el cuarto día alegando que el mecanismo de sanciones comerciales viola las normas de la OMC; Arabia Saudí, cuya delegación consideró “inaceptable” el calendario de eliminación gradual de los combustibles fósiles; e India, que sí participó en las negociaciones hasta el final pero rechazó el texto en el último momento, argumentando que el fondo de transición es insuficiente para un país de 1.400 millones de personas en pleno desarrollo industrial.
Las tres naciones en conjunto representan aproximadamente el 18% de las emisiones globales de CO₂. Su ausencia no invalida el acuerdo —que es vinculante para los firmantes—, pero reduce significativamente su impacto potencial.
Este acuerdo es el más ambicioso que la humanidad ha logrado nunca en materia climática. Pero un acuerdo sin los mayores emisores tiene un límite.
— Simon Stiell, Secretario Ejecutivo de la CMNUCC
La reacción de la sociedad civil
Fuera del Palacio de las Naciones, miles de activistas climáticos que habían acampado durante toda la semana respondieron con reacciones divididas. Los grupos más moderados aplaudieron el resultado; los más radicales consideraron el texto insuficiente.
“2045 es demasiado tarde”, dijo Amara Osei, portavoz de Fridays for Future Africa. “Los modelos climáticos más recientes indican que necesitamos neutralidad de carbono en 2040 para tener al menos un 50% de probabilidades de mantenernos por debajo de 1,5 grados. Este acuerdo llega cinco años tarde”.
Los científicos del IPCC consultados por este periódico ofrecen una valoración más matizada: el acuerdo, si se cumple íntegramente, limitaría el calentamiento a entre 1,7 y 1,9 grados centígrados para finales de siglo, en función de las emisiones de los países no firmantes. Insuficiente para el objetivo de 1,5 grados, pero significativamente mejor que la trayectoria actual de aproximadamente 2,7 grados.
Qué pasa ahora
Los parlamentos de los países firmantes deberán ratificar el acuerdo antes del 1 de octubre de 2026 para que entre en vigor. El proceso de ratificación será el primer test político real del texto: en varios países, especialmente en aquellos con economías dependientes de los combustibles fósiles, la oposición parlamentaria ya ha anunciado que intentará bloquearlo.
El Acuerdo de Ginebra establecerá una nueva secretaría permanente con sede en la misma ciudad, y celebrará su primera revisión formal en 2030, cuando los países deberán presentar balances verificados de sus emisiones y planes de acción actualizados.
Para la humanidad, empieza la parte más difícil: convertir las firmas en kilotoneladas de CO₂ que nunca llegarán a la atmósfera.